En cada cultura, con el devenir del
tiempo, los cambios estructurales, las relaciones de poder y las
modificaciones de las diversas condiciones establecidas, traen
aparejados cambios en la ideología. Por esta razón la ética de una
determinada sociedad en un determinado espacio y tiempo va cambiando
constante y paulatinamente, determinando nuevas reglas éticas y morales,
desde las altas cúspides del poder hasta los diversos componentes de la
sociedad.
La visión de Kubrick es diametralmente opuesta a la de Burgess en su libro. Comenzando por la omisión del capítulo final - la rehabilitación voluntaria de Alex después del fracaso del tratamiento Ludovico -, es obvio que lo que quiere hacer Kubrick es tomar el argumento como pretexto para lanzar dardos a medio mundo. En sí La Naranja Mecánica de Kubrick no deja de ser una gran sátira - ironiza sobre la juventud descarriada, sobre la burocracia inglesa, sobre los manejos políticos sucios, y sobre el futuro en general de toda la sociedad británica -. Para Kubrick el mal es inherente a la naturaleza de cada individuo, y los villanos nunca dejarán de serlo. No existe una salida moralmente aceptable para Alex, tal como había escrito Burgess.
Uno no puede dejar de sonreir con el humor negro de Kubrick
cuando decide coreografiar golpizas y violaciones con
la música de Beethoven. Es la unión de los
polos opuestos - el arte y el buen gusto con todo lo repulsivo
-, lo que lo hace impensable y sorprendente. Además
en toda la narración de Malcolm McDowell hay tanta
ironía y amoralidad que sólo se lo puede
concebir en términos de farsa. La idea de estos
precursores de los
skinheads, amantes de la música
clásica y destruyendo todo a su paso es claramente
anarquista; pero a su vez no es el único concepto
en tal sentido que tira el filme. Otras visiones como
la de la pornografía como arte culturalmente aceptado
- presente en los cuadros de las casas, los objetos de
arte, incluso las mesas del "bar lácteo"
que frecuenta Alex y su pandilla -, los condominios de
clase media devastados como si fueran una zona de guerra,
los padres indiferentes a las actividades de sus hijos,
incluso la utilización de la leche (algo que uno
concibe como símbolo de pureza) como bebida para
ingerir drogas son claros ataques de guerrilla contra
la formalidad de la supuesta sociedad moderna equilibrada.
El otro punto del filme es la perversión. No
hay un personaje moralmente sano en toda la película.
Desde el vamos con los decorados pornográficos,
hasta las escenas de las violaciones, es un filme empapado
en sexualidad retorcida. Hay varias escenas en las cuales
uno puede percibirlo: la visita del abogado de Alex
a su casa (con McDowell tirado en la cama con él,
solo con calzoncillos), la relación de Alex con
el cura, e incluso el regreso a la casa del escritor
- cuya esposa ha muerto y ha sido reemplazada por un
fisico culturista en paños menores (David Prowse,
el futuro impersonador de
Darth Vader en
La
Guerra de las Galaxias) -. Por otro lado la corrupción
presente en todos los personajes que poseen autoridad,
como políticos o guardia cárceles. Al
final el villano se gana un cargo político, un
sueldo enorme y se libera de sus limitaciones legales
a cambio de su silencio y en espera de dar rienda suelta
a sus instintos violentos nuevamente recreados.
“Hemos nacido de monos erectos, no de ángeles
caídos y esos monos eran unos asesinos armados. ¿De qué vamos a
asombrarnos? ¿De nuestros asesinatos, genocidios y misiles? No, sino de
nuestras sinfonías, por pocas veces que las toquemos, de nuestros
tratados, por poco que valgan, de nuestros sembrados, por poco que a
veces los convirtamos en campos de batalla, de nuestros sueños, por más
que sólo raras veces se conviertan en realidad. El milagro del hombre no
reside en cuán bajo a caído sino a qué altura se ha elevado”.
Consideremos el contexto. El mundo de La naranja mecánica
que imaginó el director es un mundo foucaultiano, donde los Estados son
capaces de imponer métodos de control cada vez más sofisticados y
autoritarios para anular el libre albedrío de aquellos que no se adapten
a sus reglas, en una sociedad donde nadie está dispuesto a perdonar y
ofrecer la otra mejilla. Al ser obligado a hacer el bien, Alex pasa de
ser victimario a ser víctima y, a la vez sus víctimas, pudiendo ellos
elegir entre el bien y el mal, pasan a ser victimarios. A fin de
cuentas, el perdón cristiano y la “bondad natural del hombre” no son más
que palabras vacías. Sólo el más fuerte –o acaso el más cruel-
sobrevive.
La naranja mecánica tuvo intenciones de ser una especia de tratado,
incluso un sermón, sobre la importancia del poder de elegir. Mi héroe o
antihéroe, Alex, es muy vicioso, quizá incluso imposiblemente vicioso,
pero su vileza no es producto de condiciones genéticas o sociales: es
algo propio en lo que se embarca con total conciencia. Alex es malvado,
no está simplemente equivocado, y en una sociedad bien administrada la
maldad que él representa debe ser chequeada y castigada. Pero su maldad
es una maldad humana y reconocemos en sus actos de agresión
potencialidades de los nuestros –realizados por el ciudadano no criminal
en la guerra, la injusticia, la crueldad doméstica, los sueños en el
sofá–. Alex es un ejemplar humano de tres maneras: es agresivo, ama la
belleza y usa el lenguaje. Irónicamente, su nombre puede significar “sin
palabras” aunque tiene muchas palabras propias –su dialecto grupal
inventado–. No tiene, sin embargo, palabras que decir en el manejo de su
comunidad o del Estado: la indignación se entromete en el camino de la
caridad humana. El punto es que, si vamos a amar a la humanidad, tenemos
que amar a Alex como un miembro –bastante representativo– de ella. El
lugar donde Alex y su espejo F. Alexander son más culpables de odio y
violencia se llama Hogar y es allí, nos dicen, donde la caridad debe
comenzar. Pero con ese mecanismo, el Estado, que primero está preocupado
por su autoperpetuación y, segundo, está más contento cuando los seres
humanos son predecibles y controlables, no tenemos ninguna obligación,
ciertamente no la obligación de la caridad.
Tengo una observación final que hacer y ésta no les va a interesar a
aquellos que les guste pensar en la naranja de Kubrick más que en la de
Burgess. El lenguaje tanto de la película como del libro (llamado
nadsat, el sufijo “adolescente” ruso, como en pyatnadsat, que significa
“quince”) no es mera decoración ni es una indicación siniestra del poder
subliminal que el superestado comunista pueda tener sobre los jóvenes.
Quiso convertir a La naranja mecánica en, entre otras cosas, un manual
de lavado de cerebros. Uno lee el libro o ve la película y al final
debería encontrarse en posesión de un vocabulario ruso mínimo –sin
esfuerzo, con sorpresa–. Así funciona el lavado de cerebros. Elegí
palabras rusas porque se mezclan mejor con el inglés que las francesas o
alemanas (porque el alemán es una especie de inglés no demasiado
exótico). Pero la lección de La naranja no tiene nada que ver con la
ideología o las técnicas represivas de la Rusia soviética: está
preocupada con lo que puede pasarnos a cualquiera de nosotros en
Occidente si no mantenemos nuestra guardia alta. Si La naranja, como
1984, toma el lugar de una de las advertencias literarias –o
cinematográficas– en contra de la debilidad, el pensamiento poco
riguroso y la exagerada confianza en el Estado, entonces tendrá algún
valor. Por mi parte, el libro no me gusta tanto como otros que escribí:
lo he mantenido, hasta hace poco, en una jarra cerrada –mermelada,
preservada en un estante antes que una naranja en un plato–. Lo que me
gustaría es ver una película de otra de mis novelas, todas las cuales
son singularmente no agresivas, pero temo que eso es pedir demasiado.
Parece que debo ir por la vida como la fuente y el origen de una gran
película y como el hombre que debe insistir, contra todos los que
piensan lo contrario, que es la criatura viva menos violenta. Como
Stanley Kubrick.





A Clockwork Orange 1971 720p BluRay DTS x264 ThD [PublicHD]
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http://aprenderavercine.com/2013/03/la-naranja-mecanica-the-stanley-kubrick-horror-show/
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