lunes, 20 de enero de 2014

Más allá de la barrera del tiempo (1960)

Minisinopsis: El Mayor Allison es enviado en una nave espacial para experimentar la reentrada en la atmósfera terrestre, pero algo saldrá mal y se verá atrapado en una realidad paralela, en el año 2024

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Un buen día te levantas de la cama como cualquier otro y, llegado el momento, decides ponerte una película y el azar, o vete tú a saber qué, hace que te llame la atención un título: Más allá de la barrera del tiempo. “¡Oh!“, te dices, “ésto tiene miga” y lo pones, y lo ves, y a partir de entonces, tu vida no vuelve a ser la misma. Hay películas y películas; ésta es una de las segundas… o de las primeras… el caso es que da lo mismo porque, como no he puesto en mayúsculas ninguna de las dos, no hay diferenciación que valga, así que esto que acabo de decir es una soberana estupidez. A lo que voy: Hay películas cutres que son justamente bendecidas por las masas y otras que pasan por el Mundo sin pena ni gloria aunque son un tesoro en sí mismas.
Me da igual lo que digan las masas. Más allá de la barrera del tiempo es una amapola creciendo en los campos de Afganistán, un grano en el culo de Giselle Bundchen, yo qué sé, algo tan bellamente depravado que merece ser visto, admirado y difundido por todos aquellos que crean que la Raza Humana aún puede salvarse.
Cuando dos mentes visionarias aúnan esfuerzos para crear una película salen cosas como ésta. Esas mentes fueron Edgar G. Ulmer y Arthur C. Pierce. Ulmer, checo por destino aunque austro-húngaro de nacimiento y un tipo obsesionado con la geometría, llegó a decir que buscaba la absolución por todas aquellas cosas (películas, se supone) que había hecho por un saco de dinero. Dentro de esas cosas por las que pedía la absolución se encuentra más de la mitad de su filmografía pero, sin duda, su mayor penitencia debería de ser por The amazing transparent man (1960) y Anibal (1959), con el increíble (porque no había manera de creer sus interpretaciones) Victor Mature como protagolisto.
Arthur C. Pierce fue el guinista de esta película. Pierce no pidió la absolución por algunas de sus películas porque debería pedirla por todas; especialmente por los guiones de Cyborg 2087 (1966) y Women of the prehistoric planet (traducido como Llegada al planeta prehistórico, 1966), dos despropósitos brutalmente enriquecedores para el cerebro de cualquier intelectual que se precie y que base su vida en el existencialismo de Ortega y Gasset. A pesar de todo, el guión de la película que nos ocupa no es lo peor. Lo peor es la dirección y los actores… y la fotografía y la iluminación y el montaje y… bueno, sí el guión también es una enorme plasta en el desierto.
Antes de comentar nada sobre los actores en general, hay que comentar algo sobre una actriz en particular: Arianne Ulmer (Capt. Markova). ¿Ulmer? Ése apellido me suena. Pues sí, es la hija del director que, cual Tori “Caracaballo” Spelling en la serie Beverly Hills 90210, producida por su padre, le lloró un poco y obtuvo un papel. El resultado de que Arianne Ulmer fuese una pésima actriz da un poco igual porque en esta película todos son malos actores.
En ella tenemos a los típicos segundones que salieron en 100 películas pero que no consiguieron, por méritos propios, aparecer como protagonistas en ninguna buena. En esta línea está Robert Clarke (Mayor William Allison), al que hay que atribuirle el mérito de aparecer también en la peli de culto de serie B o C o D, no sé, The Hideous Sun Demon (Dirigida y escrita por él mismo en 1959… ¡oh, éstas sí que tienen miga!). Y también tenemos al ruso Vladimir Sokoloff (El supremo), un tipo extraño donde los haya, con aspecto de haber sido esculpido en cera y que es una especie de mezcla entre Karloff y Zapatero; y a Boyd Morgan (Capitán, como dijo Bush con el General de Pakistán: ¿General qué? General, que ya vale), con una estética fassscitante (dígase con babillas en la comisura de los labios) en esta peli.

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Mención especial para Darlene Tompkins (La Princesa Trirene), actriz que debutó en esta película y cuya carrera acabó (¡Bieeen!) siete años después con ocho películas y/o episodios televisivos (teniendo en cuenta que sólo apareció en los créditos de 5 de ellos) y que luego probó suerte como especialista en Los ángeles de Charlie (1976) sin suerte. Su buen “trabajo” en esta película es directamente proporcional a la cantidad de líneas que tiene su personaje. La Pincesa Trirene es muda. Y digo yo que, para el papel que tiene que hacer de muda que, básicamente se resume en decir que sí o que no con la cabeza, se lo podría haber currado más. Pero no, no se contenta y llena a su personaje de unos matices tan ricos que crea algo más grotesco que el maquillaje de Marlon Brando en Sayonara (Joshua Logan, 1957).

Voy a resumir un poco el guión de la película a grandes rasgos para hacernos a una idea del tipo de monstruo fílmico al que nos enfrentamos: Un americano se sube a un caza para salir hasta el espacio y experimentar la reentrada, pero cuando va a volver lo que experimenta es una “parajoda” (porque es una paradoja que jode) espacio-temporal y se desdobla, apareciendo en la Tierra en el año 2024. Hasta ahí, es prácticamente lo que ponía en el resumen del argumento. Pero lo bueno viene ahora: cuando William aterriza se encuentra un mundo devastado por un virus intergaláctico aparecido en 1971 que confinó a la población mundial a unos pocos complejos subterráneos. En el complejo al que accede William se encuentran tres grupos de personas: los ancianos, que aún conservan la voz; los jóvenes, que son mudos; y los mutantes, que ya han experimentado completamente el virus y que son calvos. En este complejo también se encuentran otras tres personas (científicos) provenientes del pasado que ayudarán a William a volver a su época para evitar el contagio del virus y así cambiar el futuro.
La línea argumental, por tanto, tiene buena pinta. No es demasiado descabellada y cualquier fan de la fantasciencia podría interesarse por ella. El problema viene con la ejecución, y aquí no voy a hacer distinciones entre guión y efectos porque va todo junto, como las judías con arroz o los tallarines fritos de la casa con todos los restos del restaurante chino (incluídos lichis y cerdo agridulce).
Por supuesto, la idea de que un caza salga de la atmósfera terrestre es algo que choca a cualquiera en el año 2008. Quizá no les chocase tanto en 1960, pero deberían de extrañarse de que se llamase “nave espacial” o “cohete espacial” a un “caza militar” porque es algo obvio. Pero lo dantesco viene cuando vemos los diferentes planos de la “nave” porque tenemos tres aviones diferentes, incluyendo una maqueta, un caza sin bombas y otro con bombas. Y es que las parajodas espacio-temporales son tan sorprendentes que hacen que los objetos cambien de aspecto según una ecuación que ni el propio Stephen Hawking ha logrado descifrar con el Spectrum 48k de teclas de goma que tiene en su silla.

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Lo más bonito de estas escenas es que William ni sienta ni padezca la velocidad del caza y, sobre todo, el sonido cuando la nave se desdobla. Dicho sonido comienza con algo similar al que hace Pac-Man cuando es comido por un fantasma y es prolongado por un efecto theremin más que cutre pero que hace que hasta los critters se levanten de su asiento a aplaudir y se abracen a los gremlins en una orgiástica hermandad de pequeños seres malvados… como ocurría en el concurso televisivo Menudas estrellas o en Eurovisión Junior.
Una vez William ha llegado al futuro podemos ver su traje espacial en todo su esplendor: un neopreno con tubos adheridos. Pero lo alucinantemente brillante es el dibujo de la supuesta ciudad subterránea de la que surge una luz como si fuese un faro para guiar a nuestro héroe. La transición entre la realidad (una base aérea abandonada y un bosque) y dibujo (una ciudad futurista en un páramo desierto) es tan absurda que no merece más comentarios, pero lo graaande, graaande es ver cómo William se parapeta tras un surtidor de gasolina para observar la ciudad que se alza ante él… porque se alza… que en el dibujo no parece que sea una ciudad subterránea, ya que hay demasiadas cosas por encima del nivel del suelo. Todo ésto completa un círculo que sólo puede calificarse como maravilloso.

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Las siguientes escenas versarán sobre la captura de William y su introducción a la nueva civilización. Como toda película cutre de ciencia ficción que se precie, los aparatos que aparecen en la película son de un desarrollo inimaginable para la época… no hay más que ver las supermáquinas que se traen los tipos. Voy a empezar a guardar todos los componentes de pc que cambio para hacerlos pasar por máquinas futuristas y vendérselos a Hollywood porque, oye, si colaba entonces lo de poner dos transistores con una minipantalla, ¿quién dice que no pueda colar ahora teniendo en cuenta que los componentes son más complejos?. ¡Oh! pero lo maravilloso de todo ésto son las cámaras de seguridad, que son una especie de escafandra o linterna, o ambas cosas, adheridas a un palo de escoba que las mueve.

Otro tópico de la ciencia ficción de serie B que queda plasmado en esta película es lo minimalista que es todo: dos aparatos ultramodernos (¡juas!) y mucho espacio diáfano. Yo sé de varios ejecutivos gilis que pagarían millones por tener un diseño como ése en su piso y así poder decir, mientras se toman un café Blue Montain (que les sabe igual que el café del Lidl porque tienen el gusto destrozado de tanta coca) con sus amigos, que tienen un loft muy luminoso y con dibujos de Mariscal, alias “me lo hizo mi hija de dos años pero como soy de Barcelona me pagan una pasta” en las paredes.
Aquí empezamos a ver también la manía de Ulmer por la geometría, completamente inútil y anti-pragmática porque, ¿a quién diablos se le ocurrió hacer que una puerta fuese un triángulo con uno de sus ángulos apuntando hacia el suelo? ¿debemos deducir que en el futuro, por aquello de innovar, seremos de lo más estúpido? La respuesta es sí.

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Volvamos a la escena de la captura de William para comentar un par de cosas: las armas y el tubo sube-baja. El tubo sube-baja no es más que un tubo de aparente cristal donde meten a William para retenerlo mientras unas personas lo apuntan con sus armas; se echa de menos que alguien lo mueva para ver cómo cae la nieve sobre el preso, la verdad. Y las armas con las que apuntan a William… por Dios… es que es genial, o genital, no sé muy bien: hay una tía con una especie de ametralladora futurista, pero es la única porque el resto llevan rifles M-14 que, como todo el mundo sabe, son armas que alguien trajo del futuro. Esta parte del guión tampoco se salva porque la escena de rebelión de William es tan ridícula que debería entrar en el Guiness (el de la cerveza, no el de los records, que se trata de estar borracho para rodar éso). La historia, en sí, de la relación Williams-Nueva civilización es como para “mear y no echar gota” y con ella voy a continuación.

Para explicar la interacción hay que volver a la línea argumental (ya lo siento pero es que tiene mucha miga). Se supone que en 1970 se coloniza Marte y Venus y los vuelos espaciales producen que, en 1971, un agujero en la capa de Ozono (¡toma visionarios!) deje que el virus cósmico penetre en la Tierra. Los espabilados se marchan a las colonias, pero otros se quedan y fundan ciudades subterráneas para protegerse de los mutantes, que experimentan la última fase del virus: gritan, son calvos y salvajes, como Kiko Matamoros. La primera fase de la enfermedad les vuelve mudos y estériles, lo que hace que sea imposible su reproducción: no pueden decir que quieren echar un kiki, y, cuando lo echan, es como si no echasen nada (valga la rebuznancia). Así se lo explica El supremo a William. Pero la Princesa Trirene, que es muda y una lista bastante ligera de cascos tiene un plan: reproducirse con un ser venido del futuro para salvar la Raza Humana. Lo curioso es que ya hay personas fértiles en la ciudad (2 científicos y el Capitán, que se sepa), y podría haberse reproducido con ellos así que, en caso de que le corriese tanta prisa -ya que está desarrollando los síntomas, porque es muda-, podría haberse reproducido con cualquiera de ellos en lugar de esperar al héroe americano. Otra pregunta que surge es ¿por qué no se reproducen los científicos entre sí si los tres son fértiles? Y otra, ¿qué pasa con el resto de las mujeres que hay en la ciudad? ¿ninguna está en la primera etapa? El ridículo de esta sentencia del guión es tan absurdo que ni un niño con rabieta, oiga… ¡Sólo puede reproducirse la Princesa porque es la Princesa, y si no te gusta, lloro y pataleo! A partir de aquí se crea una historia de romance completamente estúpida entre la Princesa y William con pensamiento de este último en plan “oye, si me dices que quieres echarme un polvo, hasta te digo que te quiero aunque no me lo crea” y la muda jugando a las películas.
El tema de los científicos es otro puntazo: se supone que capturan a todo aquel que se deja caer desde el futuro y los tienen en una torre en plan Dr. Frankenstein haciendo unos experimentos de vaya usted a saber qué diablos, vigilados por las cámaras-escafandra, pero que en realidad pueden hacer lo que les dé la real gana a pesar de llamarlos, una y otra vez, escapistas. Prueba de ello es que la rusa, la Capitana Markova, se pasea por todos lados como Pedro por su casa pero, claro, Markova, al ser rusa representa el mal y la traición, la espía, el enemigo ¡huíd! ¡Que viene el coco!



Si lo de los científicos es un puntazo, lo de los mutantes no tiene nombre: un Mundo lleno de mutantes en la superficie y de Humanos en sus ciudades subterráneas, y los Humanos se dedican a encerrar en una cárcel a los mutantes. ¿Alguien me puede explicar para qué diablos vas a encerrarlos? ¿para tener que alimentarlos? Coño, deja que se esparzan por la superficie lo que quieran o acaba con ellos, pero no los metas en una cárcel, que no tiene un puñetero gramo de sentido. Aunque, sin duda, lo más destacable de los mutantes es que, para continuar el sinsentido, hay imágenes intercaladas de otra película -el caso es que no puedo decir de cuál, pero está claro que es de otra- y ¡los de la otra peli están encerrados en una cueva natural y son pobres andrajosos con pelo y barba, no calvos y con uniforme de preso! ¡Oh, de puro bizarro es un deleite para los sentidos!

Para terminar, hay que reseñar el curioso parecido con dos películas extraordinarias -pero igualmente comentables-: obviamente con La máquina del tiempo (George Pal, 1960), pero también con Planeta Prohibido (Fred M. Wilcox, 1956). La relación con la primera es más que obvia. ¿En qué se parece a la segunda? Así, a groso modo, hay dos cosas casi calcadas de ella: las imágenes del ascensor de la ciudad subterránea son muy parecidas a las de Planeta Prohibido; y lo que sí que está calcado, pero en cutre, es la escena en la que Anne Francis nada en un lago desnuda ante los ojos de Leslie Nielsen, solo que aquí es una piscina olímpica y de futurista, oígame, cero.

Realmente, Más allá de la barrera del tiempo es todo un clásico; un clásico pornográfico, si se quiere, pero un clásico. Posée un guión tan descabellado, una dirección tan despreocupada, unas interpretaciones tan inexistentes y unos efectos visuales tan mortíferos que merece estar en el olimpo del cine beodo y psicópata. A decir verdad, no lo he visto, pero espero que en la caja del DVD el Ministerio de Sanidad advierta sobre el contenido y que, acompañado por los efectos del cannabis, la visualización de la película puede llegar a ser mortal. Estas películas son las que te hacen amar el cine cutre… éstas y recordar que un día viste Dogville (Lars von Trier, 2003).

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